Era de noche. Diluviaba. Los edificios de delante no se veían, una cortina blanca los cubría por completo. La calle se había convertido en un río que arrastraba todo lo que encontraba a su paso.
Esa misma noche en la habitación del hospital una niña lloraba. Lloraba más alto que ninguno de los niños que había allí, porque le molestaba la luz tan fuerte de la sala, porque un hombre que no era nada suyo la sujetaba examinándole cada poro de su sensible piel, porque tenía miedo que el mundo que le esperaba no fuera tan bonito.
Hoy también hay tormenta, pero no es en el hospital donde hay una niña llorando, sino en una casa, sola en su habitación, dieciocho años después una chica, tirada encima de su cama no puede celebrar su cumpleaños como haría cualquier persona de su edad.
Se oyen gritos, portazos, golpes…
Después… silencio.
Quiero salir de este infierno. Celebrar mi cumpleaños, perderme por las calles… pero no puedo. No puedo hacerlo sola, no tendría sentido.
Tic… tic… tic.
Algo golpea la ventana.
Tic… tic… tic.
Abro la ventana. Pero, ¿qué hace aquí?
Ha venido, con la que está cayendo, ¿para qué?
Y ahora quiere que baje, pero no puedo salir de la habitación, sería un suicidio.
Vale.
Cojo la chaqueta, salgo por la ventana, me consigo subir al árbol y bajo por él.
¡No!
¡Me resbalo!
Pero no me caigo, porque me ha cogido. Al fin y al cabo, los amigos están para recogernos cuando nos caemos y ayudarnos a levantarnos, ¿no?
-¿No pensabas salir hoy?
-¿Para qué?
-Para celebrarlo.
-¿El qué? ¿Qué mi padre ha vuelto a pegar a mi madre? ¿O que me ha dejado por otra ese que decía que me quería tanto?
-Sabes que no te quería, te lo estoy diciendo desde el principio, pero nunca me haces caso.
-Por algo será.
-¿Dónde quieres ir?
-A ningún sitio.
-Va, anímate un poco, no todos los días se cumplen dieciocho.
-Ves, la vida no es justa. No puedo cumplir dieciocho años todos los días pero sí tengo que soportar cada día los gritos de mis padres y al “imbécil quenodebesernombrado”.
-La vida es justa a su manera…
-¡No!
-Sí.
-Pues dime que tiene de bueno mi vida.
-A mí, ¿te parece poco?
No sé cómo consigue siempre hacerme sonreír, aunque esté a punto de tirarme a un pozo sin fondo.
Supongo que también eso es lo que hacen los amigos, evitar que te tires, cogerte de la mano y sacarte una sonrisa de dónde sea que esté escondida.
-¿Y qué tiene de bueno tenerte a ti?
-Que soy el mejor amigo que puedes tener.
-Y el único…
-Bueno, no sé tú, pero yo me estoy quedando helado.
-Sí, pero no tengo ganas de ir a ningún sitio. Sólo quiero acurrucarme debajo de una manta.
-Entonces lo tenemos fácil.
Sé lo que se le ha ocurrido, a veces, creo que nos leemos la mente, porque siempre sé lo que piensa, y él lo que pienso yo.
Llegamos a su casa, sus padres no están. Como siempre.
Palomitas, una manta enorme, ropa seca y una película.
La sesión de cine suele ser los sábados, pero hoy es un día especial, así que hay que aprovecharlo y hartarse a palomitas.
No sé cómo, pero siempre acabo medio dormida a su lado. Hasta que me duermo del todo y nos despertamos al día siguiente cuando la luz que entra por la ventana nos da en los ojos.
Pero hoy no. Está raro, no, muy raro.
-¿Qué te pasa?
-Nada, ¿por?
-Estás raro.
-¡Qué va!
-Lo que tú digas.
Esperando a que se acaben de hacer las palomitas…
-Te tendré que dejar mi sudadera más a menudo.
¿Pero qué está diciendo? Esta vez sí que se ha vuelto loco, de verdad.
Silencio.
Será mejor que me vaya a poner la peli.
-Espera…
¿Y ahora qué? Creo que empiezo a tener miedo ¿Y si se ha vuelto loco y me ha traido a su casa para matarme, descuartizarme y vender mis trocitos en el mercado negro? Lo sé, la loca soy yo, pero es que está muy raro.
-Te quiero.
Vale prefería lo de descuartizarme.
-Eh…
-Joder, no sabía cómo decírtelo, además después vino el imbécil ese y… me daban unas ganas de pegarle cuando se acercaba…
-Oh, cállate.
No me he enterado de nada de la película, aunque creo que él tampoco.













