Pensamientos en la Luna
martes 17 de enero de 2012
Cuando el esfuerzo de años no sirve para nada...
... puedes trabajar más o enviarlo todo a la mierda.
Satélites:
Cosas existenciales
martes 3 de enero de 2012
Hay veces...
... que pienso qué sería empezar de cero, en un sitio donde nadie me conociera, donde nadie supiera mi pasado, mis errores, mis aciertos, mis gustos, mis manías, mis miedos... presentarme como quisiera, sin prejuicios añejos, viejos y llenos de polvo; sin recuerdos compartidos horribles, vergonzosos y eternos; sin etiquetas baratas, despreciables y trilladas.
Me iría lejos, donde no pudiera encontrarme a nadie por casualidad. Sería como volver a nacer, pero con cosas aprendidas.
Olvidar todo lo que ha pasado antes y empezar desde el principio.
Satélites:
Pequeños desvaríos
jueves 22 de diciembre de 2011
Comprobado
Siempre seré peor que los demás, aunque me esfuerce el doble, aunque no me lo merezca, aunque todos digan que no, nunca podré conseguir lo que quiero, porque está visto que mis sueños no se cumplirán.
No sirve para nada pedírselo a las estrellas ni a la velas de cumpleaños, es un hecho.
No sirve para nada pedírselo a las estrellas ni a la velas de cumpleaños, es un hecho.
Satélites:
Yo
domingo 27 de noviembre de 2011
Miedo
Casi podía ver el viento corriendo entre las hojas y los árboles, acariciando el agua, formando ondas en ella. Pero el viento no se ve, igual que el miedo, cosas invisibles que están ahí, esperando que bajes la guardia para darte con todas sus fuerza, erizarte el vello y dejarte la mente en blanco.
Silencio. Ya no había viento, no se oían los grillos, no se veían luciérnagas. Algo se acercaba, algo poderoso, algo de lo que todos tenían miedo.
Era él.
Y sí, yo también tenía miedo, pánico.
Se acercaba, notaba su aliento a mi alrededor.
No quería abrir los ojos, no quería mirar, no quería verlo. Pero eso no servía para nada, tenía su rostro, sus ojos, todo, grabado a fuego en mi mente.
Noté sus manos en mis caderas. Subiendo por debajo de la camiseta. Sentía un calor agradable por todo el cuerpo.
Él me giró. Cara a cara. Abrí los ojos. Me perdí en los suyos. Los volvía cerrar.
Puso sus labios en los míos y me los abrió con los suyos.
Seguía teniendo miedo, pero sería una tonta si dijera que no.
Era la segunda vez que caía en sus brazos. Voluntariamente.
Me gustaría ser la única que disfrutaba de sus caricias, pero de eso no podía estar segura.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
-Para.
Se separó de mí, me miró y, por un momento, vi tristeza en sus ojos de hielo.
-No quiero ser una más. No quiero tenerte unas horas. No quiero que te vayas y no saber si vas a volver otra noche. No quiero estar esperando algo que no sé si voy a volver a tener.
Me miró unos segundos más, cerró los ojos con fuerza, enterró su rostro en mi pelo y empezó a besarme el cuello.
No, no podría decirle que parara otra vez, no tenía fuerzas para más.
Se escaparon las lágrimas que estaba conteniendo. Y él se dio cuenta.
-No llores, por favor.
Ahora sí, había tristeza en sus ojos.
-Te quiero, pequeña.
Abrí mucho los ojos.
Él me sonrió, me dio un beso en la nariz y me abrazó con fuerza.
Silencio. Ya no había viento, no se oían los grillos, no se veían luciérnagas. Algo se acercaba, algo poderoso, algo de lo que todos tenían miedo.
Era él.
Y sí, yo también tenía miedo, pánico.
Se acercaba, notaba su aliento a mi alrededor.
No quería abrir los ojos, no quería mirar, no quería verlo. Pero eso no servía para nada, tenía su rostro, sus ojos, todo, grabado a fuego en mi mente.
Noté sus manos en mis caderas. Subiendo por debajo de la camiseta. Sentía un calor agradable por todo el cuerpo.
Él me giró. Cara a cara. Abrí los ojos. Me perdí en los suyos. Los volvía cerrar.
Puso sus labios en los míos y me los abrió con los suyos.
Seguía teniendo miedo, pero sería una tonta si dijera que no.
Era la segunda vez que caía en sus brazos. Voluntariamente.
Me gustaría ser la única que disfrutaba de sus caricias, pero de eso no podía estar segura.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
-Para.
Se separó de mí, me miró y, por un momento, vi tristeza en sus ojos de hielo.
-No quiero ser una más. No quiero tenerte unas horas. No quiero que te vayas y no saber si vas a volver otra noche. No quiero estar esperando algo que no sé si voy a volver a tener.
Me miró unos segundos más, cerró los ojos con fuerza, enterró su rostro en mi pelo y empezó a besarme el cuello.
No, no podría decirle que parara otra vez, no tenía fuerzas para más.
Se escaparon las lágrimas que estaba conteniendo. Y él se dio cuenta.
-No llores, por favor.
Ahora sí, había tristeza en sus ojos.
-Te quiero, pequeña.
Abrí mucho los ojos.
Él me sonrió, me dio un beso en la nariz y me abrazó con fuerza.
Satélites:
Relatos cortos
viernes 30 de septiembre de 2011
Defecto de entorno
A veces las cosas que compramos tienen defecto de fábrica. Pero no es ese el defecto que busco. Es cuando le pega mucho el sol a algo que no debe estar a más de tantos grados y se estropea, cómo se puede llamar? Simplemente es que se ha roto, pero yo prefiero decir que tiene defecto de entorno. Porque ha sido su entorno el culpable de que ahora esté así.
Yo tengo defecto de entorno.
Tengo miedo de lo que me pueda hacer la gente, de lo que dicen, de lo que se rien, porque siempre creo que es por mí. No estoy loca, ni tengo paranoias, simplemente es un defecto de entorno. Pasar más de diez años viendo como se rien o hablan de ti o te pegan una puñalada por la espalda es duro, pero lo peor viene después cuando tienes que cambiar el chip, cuando tienes que empezar de cero en un sitio donde nadie te conoce, donde no tienen por qué reirse de ti. Donde no tienes por qué pensar que eso lo hacen para burlarse de ti. Es difícil acostumbrarse a que no te van a dejar tirada. Sueles seguir midiendo lo que haces para que nadie tenga una razón para burlarse de ti, aunque aun así lo hagan. Supongo que algún día ese defecto desaparecerá o puede que no. Hay cosas que nos cambian para siempre. Cosas que ocurren y desde entonces ya no puedes confiar en nadie.
Yo tengo defecto de entorno.
Tengo miedo de lo que me pueda hacer la gente, de lo que dicen, de lo que se rien, porque siempre creo que es por mí. No estoy loca, ni tengo paranoias, simplemente es un defecto de entorno. Pasar más de diez años viendo como se rien o hablan de ti o te pegan una puñalada por la espalda es duro, pero lo peor viene después cuando tienes que cambiar el chip, cuando tienes que empezar de cero en un sitio donde nadie te conoce, donde no tienen por qué reirse de ti. Donde no tienes por qué pensar que eso lo hacen para burlarse de ti. Es difícil acostumbrarse a que no te van a dejar tirada. Sueles seguir midiendo lo que haces para que nadie tenga una razón para burlarse de ti, aunque aun así lo hagan. Supongo que algún día ese defecto desaparecerá o puede que no. Hay cosas que nos cambian para siempre. Cosas que ocurren y desde entonces ya no puedes confiar en nadie.
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